La imagen de una modelo que se suele tener en la cabeza no tiene que ver mucho conmigo. La gente se las imagina como salen en la TV y en las revistas de moda: altas, de rasgos armónicos, esbeltas, con la piel impecable… Yo no encajo en esa descripción.

Nunca me he sentido identificada con el cánon de belleza, ni siquiera con las modelos que desafían la delgadez. He leído cientos de artículos de revistas en los que se reinvindica a las mujeres con curvas, y tampoco me veía reflejada en ellas; tal vez porque seguían entrando en la normativa de estatura y esbeltez. El mundo de moda comercial nunca ha sido para mí.

Sin embargo, siempre me ha gustado interpretar, crear un personaje y darle vida (puede que por ello me gusten tanto los juegos de rol y crear literatura), pero era una labor que dejé aparcada en el trastero de mi mente para dedicarme a estudiar una carrera (Traducción e Interpretación) y así lograr un trabajo “de verdad”. Mi gremio compartía facultad con Comunicación Audiovisual, donde hice buenas amistades con inquietudes artísticas e interesantes proyectos en los que participé y disfruté muchísimo. Aquel deseo aparcado volvió a resurgir, pero se sumergió enseguida cuando centré mis preocupaciones en terminar la carrera y buscar un empleo “serio”, con horario de 8h a 6h. Aquello de posar no era un trabajo porque no era remunerado ni divertido.

Finalmente, terminé la carrera, y un par de años después conseguí un trabajo como tester de videojuegos en EA Games en Madrid. En la capital del reino me esperaban muchos sueños: el amor, un trabajo que me gustaba (¡era posible tener un trabajo “de verdad” y que fuera divertido!), independencia, planes de futuro, experiencias nuevas, y otros artistas interesantes, como Muriel Dal Bo.

Conocí a Muriel (diseñadora de moda gótica y fotógrafa) por recomendación de un amigo en común. Me enamoraron sus vestidos de ensueño, el alma que ponía en todas sus fotografías y su manera de concebir el mundo y la belleza. Ella no estaba (ni está) interesada en los cánones actuales, sino en bellezas con más personalidad. Yo quería lucir esos vestidos maravillosos, esos delicados corsés… y el deseo de posar ante la cámara volvió a asomar.

De algún modo, yo le gusté para Sublime. Puede que por mi capacidad expresiva o mi entusiasmo a la hora de colaborar en su proyecto, y entré a formar parte del elenco de su firma. Al poco tiempo, Muriel organizó un taller de modelaje para quienes trabajábamos con ella, y fue una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido. No sólo aprendí a “poner caras”, sino que conocí mi cuerpo, su capacidad de expresar, de colocarlo para una bella composición artística, su sensualidad… Y siendo una chica bajita, de miembros cortos, poca flexibilidad… tenía mucho trabajo que hacer. Pero estaba dispuesta a hacerlo, a esforzarme, a superar mis límites para dedicarme a lo que quería. Y de allí nació mi primera colaboración con Muriel.

Consistía en una sesión muy atrevida para proyecto artístico de Muriel, un homenaje a la fotografía erótica de los años 20 y me escogió como modelo porque daba el papel que requería ese estilo. Al principio, tenía muchos reparos e inseguridades a la hora de posar desnuda. No nos enseñan a amar nuestro cuerpo, sino a buscar (obligatoriamente) para él una perfección inalcanzable, prometida por productos que no venden y que nos acaban decepcionando para culpabilizarnos aún más. Nos enseñan a no sentirnos cómodas a la hora de mostrarnos y, si lo hacemos, somos unas putas. ¿Pero qué hay más natural que el propio cuerpo? Todos tenemos uno, con diversas proporciones, marcas, lunares, tonalidades de piel que se conjugan en un conjunto único. ¿Qué hay de vergonzoso en ello? Hay quien dirá que se trata de algo íntimo, pero los límites de la intimidad los pone cada cual: mientras que para una persona es una cuestión íntima contar a qué se dedica su tiempo libre, a otra le encanta compartir sus experiencias personales en su blog.

Foto de mi sesión de erotismo vintage con Muriel Dal Bo

Durante toda la sesión, me sentí cómoda y a gusto con mi cuerpo. Bien porque Muriel me enseñó a encontrar mi belleza personal y porque había creado un ambiente excelente, o bien porque el simple acto de crear arte con tu propio cuerpo es un tipo de cariño que puedes darle. Y, al ver los resultados, me sentí hermosa. Aquella de las fotografías era yo, una mujer capaz de transmitir ante la cámara y crear imágenes bellas y con carácter. Las fotos, al ser publicadas, tuvieron bastante acogida y recibí ofertas de varios fotógrafos con los que he ido trabajando y aprendiendo a mejorar (Adabuhi, Katharsia, Polymerboy, EcceHomo, Antonio Garci, Teté is Photography, entre muchos otros).

El deseo de interpretar, adormilado en mí durante años había despertado y ardía de entusiasmo en mi interior. Y decidí que la mejor manera de saciarlo y trabajar la expresión corporal era hacer teatro. Como puesto por la providencia, me encontré un anuncio de la compañía Trece Gatos en la que buscaban actores y actrices y me apunté. Desde entonces llevo con ellos cuatro obras, en las que cada vez voy aprendiendo más como actriz, y donde he adquirido nuevas habilidades que aplico a mis trabajos fotográficos.

Actualmente, el modelaje se ha convertido en mi profesión principal y, si bien es difícil abrirse camino en ello (al igual que en cualquier otro mundo artístico), me está haciendo muy feliz. Durante mi viaje por este mundo conocí a Sweet Coins, con los que pienso recorrer un fructífero camino, que también espero que disfrutéis vosotros.

Laura Luna

Mi foto de presentación de modelo Sweet Coins, for la fantástica Florencia Sofen Holland